No me interesa juntar frases sueltas de alumnos contentos. Prefiero que cuenten qué les pasó con la guitarra después de unos meses de trabajo: qué pudieron tocar, qué dejaron de hacer mal y cómo cambió su manera de encarar una canción.
Llegué sabiendo tocar acordes de memoria y sin entender por qué sonaban tan planos. En seis meses aprendí a armar voicings con novena y treceava, y eso solo me cambió la forma de escribir. Hoy llevo un cuarteto de funk y las bases salen de mis propios arreglos, no de copiar tablaturas.
Marcos, 34 años, guitarrista de funk y R&B
Lo que más valoro es que las clases no son un recetario. Analizamos canciones que yo quería tocar, vimos por qué funcionaban los solos y de ahí salieron ejercicios para mi nivel. Grabamos una demo en el estudio del propio Jack y por primera vez escuché mi guitarra con un sonido que no me daba vergüenza mostrar.
Lucía, 27 años, compositora y cantante
Venía de años de tocar solo en mi casa, con muchos vicios de digitación. El trabajo fue más lento de lo que esperaba, pero consistente: postura, ataque, y después sí, improvisación sobre cambios de blues. El día que pude seguir un solo sobre un II-V-I sin perderme entendí que el método funciona.
Jorge, 51 años, aficionado que volvió a tocar después de veinte años
Estudié teoría musical aplicada en otro lado y me faltaba justamente eso: la aplicación. Acá cada concepto se prueba en el ensamble del taller. Escribí un arreglo para dos guitarras y bajo, lo ensayamos con el grupo y lo grabamos. Ese circuito de escribir, tocar y escuchar el resultado es lo que me faltaba para crecer.
Pedro, 29 años, estudiante de composición